Mención aparte merecen mis pequeños de Infantil.
Entrar en un aula de la planta de abajo es traspasar el umbral de una dimensión paralela. Según entras, todos los niños se arremolinan a tu alrededor, te enseñan (la pupa, los zapatos, la horquilla), te preguntan (¿vamos a ver una peli? ¿qué llevas ahí? ¿vamos a jugar a lo del otro día?) y te observan (¡qué guapa estás! ¡pareces una princesa! ¡qué camiseta tan bonita!).
Tras el caos inicial, la cosa ya toma su camino habitual y cantamos, hablamos, pintamos, jugamos. Y al despedirnos todos otra vez alrededor: ¿te puedo dar un beso? ¿mañana vuelves otra vez? ¡mira mi abrigo nuevo!, con lo que se cierra el ciclo.
Sales de la clase con una sonrisa de oreja a oreja, claro, y un dolor de cabeza proporcional. Con la sensación de que así debería ser la vida, siempre, y con la certeza de que esto sólo dura unos minutos, que de ninguna manera cambiarías tu puesto por el de una profe de Infantil. Porque son muy ricos, sí, pero de ratito en ratito.
Profe novata busca espacio donde descargar todo lo que le pasa por la mente al enfrentarse por primera vez a un grupo de pequeños y extraños seres en clases extraescolares... Esto es sólo el principio.
martes, 19 de marzo de 2013
jueves, 14 de marzo de 2013
Callo
Imagino que a todo se acostumbra una.... A la ropa raída, a la falta de abrigos, a las caras sucias, al dolor de tripa... Pero espero que eso no implique generar un callo alrededor del corazón lo suficientemente duro como para dejar de indignarnos con todo esto. Porque las injusticias son más injustas cuando les afectan a ellos. Porque si no te fijas, no notas nada raro, ellos sólo quieren ser niños.
Pero tú sabes, porque hablas y, sobre todo, escuchas, que su vida hace aguas. Que el dinero no llega, que no hay tiempo ni ganas para juegos, que a ver si este mes tienen luz o finalmente se la cortan como llevan amenazando ya algún tiempo, que menos mal que les han concedido la beca de comedor para que por lo menos tengan una comida caliente al día.
Y no puedes hacer nada, más que quererles y abrazarles y quererles un poco más. Y apretar los puños y esforzarte por no perder la fe en la especie humana que se enriquece ignorando a los necesitados. Y llegar a clase con una sonrisa y transmitirles que el mundo puede ser mejor y que aún hay esperanza. Son ellos.
Pero tú sabes, porque hablas y, sobre todo, escuchas, que su vida hace aguas. Que el dinero no llega, que no hay tiempo ni ganas para juegos, que a ver si este mes tienen luz o finalmente se la cortan como llevan amenazando ya algún tiempo, que menos mal que les han concedido la beca de comedor para que por lo menos tengan una comida caliente al día.
Y no puedes hacer nada, más que quererles y abrazarles y quererles un poco más. Y apretar los puños y esforzarte por no perder la fe en la especie humana que se enriquece ignorando a los necesitados. Y llegar a clase con una sonrisa y transmitirles que el mundo puede ser mejor y que aún hay esperanza. Son ellos.
viernes, 8 de febrero de 2013
Héroes y princesas
Quién sabe por qué he ido dejando de escribir aquí todo lo que me pasa por la cabeza en mi día a día con los niños... De entre todas las respuestas posibles, la que más temo es que he dejado de ser una profe novata, que me he metido en la rutina y ya me considero profe-profe con todas las de la ley. Y eso en cierto modo me entristece porque significa que me he hecho mayor. Y todavía no me toca.
El caso es que hoy, día de Carnaval, he vuelto a mirar a mis niños como antes, les he escuchado.. y me he acordado del blog.
Si alguien se ha dado una vuelta hoy por Madrid, después de la hora de salida de los colegios, habrá observado un importante aumento en el número de princesas y héroes por metro cuadrado. No es nada preocupante, mañana ya todo volverá a la normalidad (es una lástima), pero hoy merece la pena fijarse en esas niñas vestidas con la ropa con la que se imaginan todos los días y en esos niños que realizan hazañas impensables.
Hoy hablaban dos niños de mi clase, después de disfrazarse y antes de bajar al patio:
- ¿Por qué llevas el mismo disfraz que en Halloween?
- Porque...
- Le tienes que decir a tu mamá que te compre dos.
- ....
- Ah, claro, pero los disfraces cuestan dinero que hay que utilizar para otras cosas, ¿no?
- Sí...
Entonces me ha entrado esa rabia que me da cuando veo que los niños sufren innecesariamente. No porque repetir disfraz sea una tragedia, sino porque, efectivamente, en mi colegio hay una parte importante de alumnos que no puede pagárselo. Y de padres que no tienen ni tiempo ni conocimientos ni ganas de hacerles uno casero.
Y ahí están, los niños con su uniforme (que hoy les des-uniforma) destacando sobre una multitud colorida que baila al ritmo de canciones estúpidas y juega a salvar el mundo. Y se quieren mimetizar con la pared y que nadie les vea y que por favor, por favor, acabe esta tortura cuanto antes. Porque es más importante comer, sí, pero ellos no lo saben. Ni tienen por qué saberlo. Y cuando me doy cuenta de todo esto me acuerdo de mi cole del año pasado, de lo distintas que eran las cosas... y me pregunto dónde narices está el equilibrio cósmico que debe mantener todo en orden. Y por qué siempre acaban pagando los niños que ni siquiera un día pueden jugar a ser héroes. Ni princesas.
El caso es que hoy, día de Carnaval, he vuelto a mirar a mis niños como antes, les he escuchado.. y me he acordado del blog.
Si alguien se ha dado una vuelta hoy por Madrid, después de la hora de salida de los colegios, habrá observado un importante aumento en el número de princesas y héroes por metro cuadrado. No es nada preocupante, mañana ya todo volverá a la normalidad (es una lástima), pero hoy merece la pena fijarse en esas niñas vestidas con la ropa con la que se imaginan todos los días y en esos niños que realizan hazañas impensables.
Hoy hablaban dos niños de mi clase, después de disfrazarse y antes de bajar al patio:
- ¿Por qué llevas el mismo disfraz que en Halloween?
- Porque...
- Le tienes que decir a tu mamá que te compre dos.
- ....
- Ah, claro, pero los disfraces cuestan dinero que hay que utilizar para otras cosas, ¿no?
- Sí...
Entonces me ha entrado esa rabia que me da cuando veo que los niños sufren innecesariamente. No porque repetir disfraz sea una tragedia, sino porque, efectivamente, en mi colegio hay una parte importante de alumnos que no puede pagárselo. Y de padres que no tienen ni tiempo ni conocimientos ni ganas de hacerles uno casero.
Y ahí están, los niños con su uniforme (que hoy les des-uniforma) destacando sobre una multitud colorida que baila al ritmo de canciones estúpidas y juega a salvar el mundo. Y se quieren mimetizar con la pared y que nadie les vea y que por favor, por favor, acabe esta tortura cuanto antes. Porque es más importante comer, sí, pero ellos no lo saben. Ni tienen por qué saberlo. Y cuando me doy cuenta de todo esto me acuerdo de mi cole del año pasado, de lo distintas que eran las cosas... y me pregunto dónde narices está el equilibrio cósmico que debe mantener todo en orden. Y por qué siempre acaban pagando los niños que ni siquiera un día pueden jugar a ser héroes. Ni princesas.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Siempre
En estos días lluviosos, la dinámica del cole cambia un poco. El principal cambio es que los niños no pueden salir al patio y andan un poco descolocados (y los profes a juego).
El caso es que ayer por la tarde llovía en condiciones y mientras recogíamos, los niños empezaron a hablar:
- Está lloviendo
- ¿A ver? Hala, sí, ¡cómo llueve!
- Pues yo tengo capucha.
- Pues mi mamá trae paraguas para que no me moje.
- Ya, mi mamá siempre trae paraguas.
- Y la mía.
- Y mi papá.
Y me quedé pensando en lo absolutas que son las cosas cuando somos pequeños y el gusto que da eso.
El caso es que ayer por la tarde llovía en condiciones y mientras recogíamos, los niños empezaron a hablar:
- Está lloviendo
- ¿A ver? Hala, sí, ¡cómo llueve!
- Pues yo tengo capucha.
- Pues mi mamá trae paraguas para que no me moje.
- Ya, mi mamá siempre trae paraguas.
- Y la mía.
- Y mi papá.
Y me quedé pensando en lo absolutas que son las cosas cuando somos pequeños y el gusto que da eso.
lunes, 17 de septiembre de 2012
La madre que los parió
Pues parece ser que me he malacostumbrado. Mi clase se porta tan bien que hoy, cuando me ha tocado impartir Ed. Artística a los niños de 3º casi me da algo.
También son un grupo pequeño, pero está lo mejor de cada casa. Y la madre que los parió se merece un premio por aguantarles, cuidarles y esas cosas que hacen las madres.
Hay veces en que te desbordan. Que, por lo que sea, tú no estás en tu mejor momento ni ellos en el suyo. Que te sale tu lado más serio y formal y ni así, que no hay manera. Y al final de la clase, los jodíos te hacen unos trabajos que ni en tus mejores sueños habrías esperado. Y sales de la clase confundida, claro. Sin saber si eres un desastre o un auténtico genio de la inspiración artística.
Lo más probable es que ni lo uno ni lo otro. Simplemente eres un instrumento que debe canalizar adecuadamente la energía de esos enanos sin morir en el intento (alguien me recomendó alguna vez Reiki y me lo estoy planteando... por supervivencia, más que nada). Quizás así consigas alcanzar alguno de los objetivos que te has propuesto para ellos. O no. Quizás alcances otros más importantes sin darte cuenta...
En Educación nunca se sabe. Por más que planifiques las cosas, es asombrosa la velocidad con que se va todo al garete. Pero ¿no consiste en eso la creatividad, en destruir para construir?
Destruyamos las clases tranquilas, pues. ¡A la mierda los dibujitos con Plastidecor! Vamos a trabajar el Arte con mayúsculas, vosotros y yo por primera vez, juntos. Y a ver qué sale. Que todo nos vale. Que sois puro arte.
También son un grupo pequeño, pero está lo mejor de cada casa. Y la madre que los parió se merece un premio por aguantarles, cuidarles y esas cosas que hacen las madres.
Hay veces en que te desbordan. Que, por lo que sea, tú no estás en tu mejor momento ni ellos en el suyo. Que te sale tu lado más serio y formal y ni así, que no hay manera. Y al final de la clase, los jodíos te hacen unos trabajos que ni en tus mejores sueños habrías esperado. Y sales de la clase confundida, claro. Sin saber si eres un desastre o un auténtico genio de la inspiración artística.
Lo más probable es que ni lo uno ni lo otro. Simplemente eres un instrumento que debe canalizar adecuadamente la energía de esos enanos sin morir en el intento (alguien me recomendó alguna vez Reiki y me lo estoy planteando... por supervivencia, más que nada). Quizás así consigas alcanzar alguno de los objetivos que te has propuesto para ellos. O no. Quizás alcances otros más importantes sin darte cuenta...
En Educación nunca se sabe. Por más que planifiques las cosas, es asombrosa la velocidad con que se va todo al garete. Pero ¿no consiste en eso la creatividad, en destruir para construir?
Destruyamos las clases tranquilas, pues. ¡A la mierda los dibujitos con Plastidecor! Vamos a trabajar el Arte con mayúsculas, vosotros y yo por primera vez, juntos. Y a ver qué sale. Que todo nos vale. Que sois puro arte.
jueves, 6 de septiembre de 2012
Empezar
Claro que sí, que todos los Septiembres empezamos. Nosotros, los niños, los papis... Pero este curso más que nunca.
Empiezo en un cole nuevo, con profes nuevos, con alumnos nuevos... por que no falte, hasta las paredes están recién pintadas. Y empiezo por el principio: por las vocales, por los números de una cifra, por las partes del cuerpo... Empiezo en primero.
Es un reto, para mí, de los más grandes, porque el comienzo determina en cierta forma el desarrollo de la carrera en cualquier deporte, y en la vida pasa lo mismo. Y que de mí dependa el correcto comienzo del desarrollo de las habilidades lecto-escritoras y numéricas de un pequeño grupo de seres minúsculos me impone. Mucho. Sobre todo en estos días sin niños en los que el colegio parece una edificación vacía y sin sentido que nadie sabe qué narices pinta ahí.
Porque cuando te metes en la rutina de un cole se te olvida (o prefieres no pensar) que lo que haces es muy importante, que determinas en gran media la evolución de esas personitas de plastilina que los padres ponen cada mañana en tus manos... Prefieres no pensarlo (o hacer como que no lo piensas) porque si no el vértigo te impediría poner el pie en el aula. Te quedarías mirando desde la puerta, esperando a que ocurriera el milagro y los niños de repente salieran hablando inglés y escribiendo largos textos sin ninguna ayuda. Pero luego respirarías hondo y entrarías en el aula igualmente, porque desde sus mesas o sentados en el suelo o corriendo entre las sillas, habría un grupito de personitas esperándote, creyendo en ti y necesitando que tú creyeras en ellos. Y esa sensación es suficiente para superar el mayor vértigo del mundo.
Empiezo en un cole nuevo, con profes nuevos, con alumnos nuevos... por que no falte, hasta las paredes están recién pintadas. Y empiezo por el principio: por las vocales, por los números de una cifra, por las partes del cuerpo... Empiezo en primero.
Es un reto, para mí, de los más grandes, porque el comienzo determina en cierta forma el desarrollo de la carrera en cualquier deporte, y en la vida pasa lo mismo. Y que de mí dependa el correcto comienzo del desarrollo de las habilidades lecto-escritoras y numéricas de un pequeño grupo de seres minúsculos me impone. Mucho. Sobre todo en estos días sin niños en los que el colegio parece una edificación vacía y sin sentido que nadie sabe qué narices pinta ahí.
Porque cuando te metes en la rutina de un cole se te olvida (o prefieres no pensar) que lo que haces es muy importante, que determinas en gran media la evolución de esas personitas de plastilina que los padres ponen cada mañana en tus manos... Prefieres no pensarlo (o hacer como que no lo piensas) porque si no el vértigo te impediría poner el pie en el aula. Te quedarías mirando desde la puerta, esperando a que ocurriera el milagro y los niños de repente salieran hablando inglés y escribiendo largos textos sin ninguna ayuda. Pero luego respirarías hondo y entrarías en el aula igualmente, porque desde sus mesas o sentados en el suelo o corriendo entre las sillas, habría un grupito de personitas esperándote, creyendo en ti y necesitando que tú creyeras en ellos. Y esa sensación es suficiente para superar el mayor vértigo del mundo.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Leer
Todos los miércoles leemos. Tengo clase de Lengua con los míos a última hora después de Ed. Física, y he llegado a la conclusión de que la mejor manera de aprovechar ese rato es con lectura libre. Los niños han ido trayendo libros para la biblioteca de aula y los van cogiendo y leyendo según les apetece. La primera parte de la hora se nos va generalmente en aclarar quién tiene qué libro, si lo va a devolver o necesita una prórroga etc. Pero los últimos 20 minutos o así de la clase en los que ellos de verdad leen son tan maravillosos que dan ganas de encerrarlos en un frasco pequeñito para poder revivirlos en momentos de crisis profesional.
A los niños les encanta leer. Y verles disfrutando y responder a sus dudas y ver cómo cada vez escriben mejor y entienden más es impagable.
Ha terminado la clase y hoy, día de lluvia, los papás han pasado al aula a recoger a sus niños. A casi todos. Uno de ellos, M, que se queda hasta más tarde en el centro haciendo uso del "horario ampliado" se ha quedado refugiado en el hueco que queda entre su mesa y la pared, con la capucha del abrigo puesta y leyendo. Yo le tendría que haber mandado con los demás niños de la tarde, pero cuando le he llamado una primera vez y no ha contestado, metido como estaba en un mundo aparte, he decidido dejarle ahí, entre el libro y la pared, un ratito más. Y he deseado con todas mis fuerzas que todos los niños de mi clase lleguen a tener un momento así, de despegue, de viaje en el espacio-tiempo del que se vuelve, irremediablemente, con la mirada perdida y una sonrisa en los labios. Porque entonces sí les habré transmitido el verdadero valor de la lectura.
A los niños les encanta leer. Y verles disfrutando y responder a sus dudas y ver cómo cada vez escriben mejor y entienden más es impagable.
Ha terminado la clase y hoy, día de lluvia, los papás han pasado al aula a recoger a sus niños. A casi todos. Uno de ellos, M, que se queda hasta más tarde en el centro haciendo uso del "horario ampliado" se ha quedado refugiado en el hueco que queda entre su mesa y la pared, con la capucha del abrigo puesta y leyendo. Yo le tendría que haber mandado con los demás niños de la tarde, pero cuando le he llamado una primera vez y no ha contestado, metido como estaba en un mundo aparte, he decidido dejarle ahí, entre el libro y la pared, un ratito más. Y he deseado con todas mis fuerzas que todos los niños de mi clase lleguen a tener un momento así, de despegue, de viaje en el espacio-tiempo del que se vuelve, irremediablemente, con la mirada perdida y una sonrisa en los labios. Porque entonces sí les habré transmitido el verdadero valor de la lectura.
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