Profe novata busca espacio donde descargar todo lo que le pasa por la mente al enfrentarse por primera vez a un grupo de pequeños y extraños seres en clases extraescolares... Esto es sólo el principio.
jueves, 2 de junio de 2016
Septiembre
Con la gramática hemos topado. Y con lo poco que me gusta, intento que se me haga lo menos pesada posible. En esta unidad nos toca trabajar las estructuras there is / there are con todas sus variaciones: negativas, positivas e interrogativas. Un coñazo, vamos. Y si tienes 7 años (para 8), más aún. Total, que a la profe se le ocurre buscar una imagen graciosa (ver arriba) para describirla usando dichas estructuras, a ver si así pasamos mejor el trago. Y tras unos segundos de observación, A, el terror de la clase durante la primera mitad del curso dice, totalmente serio: ¿Así éramos nosotros en septiembre?
Y después del ataque de risa tengo que reconocer que sí, que mi clase a principios de curso era bastante parecida al dibujo de arriba. Por lo menos así la veía yo. Y parece mentira que desde entonces hasta ahora hayan pasado sólo nueve meses pero, afortunadamente, de aquel primer trimestre sólo nos queda un vago recuerdo. A día de hoy, mis alumnos son pequeñas personitas pensantes que hablan sin gritar (casi siempre), no tienen miedo a reconocer sus errores (excepto alguna pifia gorda) y escuchan al que tiene algo que contar (a ratos y según el día). Y además de todo eso, han aprendido. Algo, poco, unos más que otros. Quién sabe. Y a quién le importa. Nos queremos y lo hemos disfrutado. Ya, a estas alturas, que nos quiten lo bailao.
miércoles, 24 de junio de 2015
Caracoles
Puede que no te hayas fijado (nadie se fija en los coles cuando ya no hay niños). Pero desde que acaban las clases hasta el último día de junio las paredes de las aulas son testigos de un ritual que se repite año tras año: reuniones, papeleo, ordenación, limpieza. Y la emigración de los caracoles.
No son siempre los mismos, ni la misma cantidad. Pero si te fijas bien en el metro, a mediodía, verás seguro a tres o cuatro en tu mismo vagón. Les reconocerás porque llevan su casa a cuestas; una casa de dibujos de niños que les dicen que son el mejor profe del mundo, de cinta adhesiva de colores que compraron para decorar la clase, de CDs de música infantil con cuyas melodías pegadizas se despiertan también sábados y domingos.
Estos caracoles se llevan a cuestas todo lo que han acumulado durante el curso porque el colegio en el que han disfrutado, sufrido, reído y llorado ya no les verá atravesar sus puertas el curso que viene. Por desgracia o por fortuna.
Somos muchos los que en este mes de junio hacemos balance, con nuestra casita encima, de todo lo vivido en nuestro cole que en dos meses pasará a ser de otro. Aunque no del todo. Hacemos balance de lo que salió bien, de lo que salió fatal, de lo que podría haber salido mejor y de todo lo que soñamos pero no pudimos hacer. Hacemos balance y, si es el primero, la mayoría lloramos. Si no lo es lloramos también, pero las lágrimas de fuera suelen ser menos.
Lloramos y nos sentimos estúpidos porque sabemos que los niños nos necesitan, pero saben (¡menos mal!) sustituirnos. Sabemos que hemos dado todo de nosotros, pero confiamos (¡ojalá!) en que aquel que nos releve se deje también la piel en el empeño. Sabemos, en definitiva, que somos prescindibles, que nuestro trabajo ya está hecho, que vendrán otros que completarán la obra que hemos empezado.
Y con esos pensamientos y la casita sobre los hombros (la cartulina dorada de la que hemos recortado unas cuantas medallas asomando de la bolsa) volvemos a casa y nos consolamos pensando que qué bien que el mundo esté lleno de niños, que qué bien que vayamos a hacernos un nuevo hueco en la vida de algunos de ellos y que cómo mola el cole del año que viene, y que a ver qué tal.
Y prometemos a NUESTROS enanos que volveremos, pero mentimos. Porque cuando volvamos, ya de visita, ellos ya serán de otro y nosotros ya tendremos a otros a los que querremos también como si fueran nuestros. Y ahí está la belleza de todo esto. Que tenemos la profesión más bonita del mundo. Y somos conscientes de ello.
No son siempre los mismos, ni la misma cantidad. Pero si te fijas bien en el metro, a mediodía, verás seguro a tres o cuatro en tu mismo vagón. Les reconocerás porque llevan su casa a cuestas; una casa de dibujos de niños que les dicen que son el mejor profe del mundo, de cinta adhesiva de colores que compraron para decorar la clase, de CDs de música infantil con cuyas melodías pegadizas se despiertan también sábados y domingos.
Estos caracoles se llevan a cuestas todo lo que han acumulado durante el curso porque el colegio en el que han disfrutado, sufrido, reído y llorado ya no les verá atravesar sus puertas el curso que viene. Por desgracia o por fortuna.
Somos muchos los que en este mes de junio hacemos balance, con nuestra casita encima, de todo lo vivido en nuestro cole que en dos meses pasará a ser de otro. Aunque no del todo. Hacemos balance de lo que salió bien, de lo que salió fatal, de lo que podría haber salido mejor y de todo lo que soñamos pero no pudimos hacer. Hacemos balance y, si es el primero, la mayoría lloramos. Si no lo es lloramos también, pero las lágrimas de fuera suelen ser menos.
Lloramos y nos sentimos estúpidos porque sabemos que los niños nos necesitan, pero saben (¡menos mal!) sustituirnos. Sabemos que hemos dado todo de nosotros, pero confiamos (¡ojalá!) en que aquel que nos releve se deje también la piel en el empeño. Sabemos, en definitiva, que somos prescindibles, que nuestro trabajo ya está hecho, que vendrán otros que completarán la obra que hemos empezado.
Y con esos pensamientos y la casita sobre los hombros (la cartulina dorada de la que hemos recortado unas cuantas medallas asomando de la bolsa) volvemos a casa y nos consolamos pensando que qué bien que el mundo esté lleno de niños, que qué bien que vayamos a hacernos un nuevo hueco en la vida de algunos de ellos y que cómo mola el cole del año que viene, y que a ver qué tal.
Y prometemos a NUESTROS enanos que volveremos, pero mentimos. Porque cuando volvamos, ya de visita, ellos ya serán de otro y nosotros ya tendremos a otros a los que querremos también como si fueran nuestros. Y ahí está la belleza de todo esto. Que tenemos la profesión más bonita del mundo. Y somos conscientes de ello.
lunes, 6 de abril de 2015
Barbecho
Yo me tomo muy en serio mis vacaciones y desenchufo mi cerebro de profe. Porque me lo merezco y se lo merecen los peques. Y porque si no lo hiciera, acabaría como un cencerro.
Así que, estos once maravillosos días de desconexión he estado en barbecho educativo. Es decir, no he leído blogs, no he buscado recursos, no he mirado información para mis clases. Sólo hoy, a pocas horas de volver a traspasar el umbral de la puerta azul de mi cole, han vuelto a mi cabeza nombres y caritas sonrientes. Sólo hoy he recordado lo que me queda por trabajar en el proyecto de "Viaje al Centro de la Tierra" (dinosaurios, descripción de personajes, terminar los displays de la fauna de Islandia...). Sólo hoy he empezado a pensar ideas para mis próximas clases.
Y probablemente alguno de vosotros esté frunciendo el ceño. Y si es así, será porque nunca habéis dado clase. Como modo de vida, quiero decir.
Muchas veces, cuando hablo de mi trabajo, la mejor comparación que se me ocurre es decir que enseñar es como conducir. Tienes que mantener la atención durante seis horas ininterrumpidamente y no descuidar ni uno solo de los factores que se te pueden ir de las manos: tienes que atender a tu programación, a tus niños tranquilos, a tus niños revolucionados, a los que hoy están extrañamente callados, a la profe de apoyo que entra para sacar a unos cuantos niños (indícale qué deben reforzar en la sesión de hoy), al conserje que entra para entregarte una circular que debes entregar hoy antes de que acaben las clases, a la pizarra, a ti misma (que te estás haciendo pis desde hace tres horas), al niño insoportable que la profe de al lado te ha mandado por no darle un bofetón y que ahora tamborilea sus dedos sobre la puerta. Etcétera.
El resultado del nivel de atención tan alto que necesitamos en el aula es que en cuanto acaban las clases nos convertimos en amebas y no recordamos dónde hemos dejado esos papeles tan importantes, qué era aquello que teníamos que corregir urgentemente o de qué carajo va la reunión a la que ya llegamos diez minutos tarde.
Este estado amébico (he decidido adjetivarlo, sí) suele mejorar con el paso de las horas, con lo que a las seis de la tarde o así somos otra vez personas más o menos normales. Momento en el cual nos ponemos a corregir, programar, revisar, investigar y a hacer todo tipo de cosas que nunca da tiempo a terminar en una sola tarde.
Así que por eso no me da ningún apuro confesar que esta Semana Santa ha supuesto para mí un barbecho delicioso y que, gracias a eso, me muero de ganas de retomar mañana las clases y achuchar a todos y escucharles y enseñarles y que me enseñen.
Porque a pesar de todo, sigo convencida de que tengo el mejor trabajo del mundo.
Así que, estos once maravillosos días de desconexión he estado en barbecho educativo. Es decir, no he leído blogs, no he buscado recursos, no he mirado información para mis clases. Sólo hoy, a pocas horas de volver a traspasar el umbral de la puerta azul de mi cole, han vuelto a mi cabeza nombres y caritas sonrientes. Sólo hoy he recordado lo que me queda por trabajar en el proyecto de "Viaje al Centro de la Tierra" (dinosaurios, descripción de personajes, terminar los displays de la fauna de Islandia...). Sólo hoy he empezado a pensar ideas para mis próximas clases.
Y probablemente alguno de vosotros esté frunciendo el ceño. Y si es así, será porque nunca habéis dado clase. Como modo de vida, quiero decir.
Muchas veces, cuando hablo de mi trabajo, la mejor comparación que se me ocurre es decir que enseñar es como conducir. Tienes que mantener la atención durante seis horas ininterrumpidamente y no descuidar ni uno solo de los factores que se te pueden ir de las manos: tienes que atender a tu programación, a tus niños tranquilos, a tus niños revolucionados, a los que hoy están extrañamente callados, a la profe de apoyo que entra para sacar a unos cuantos niños (indícale qué deben reforzar en la sesión de hoy), al conserje que entra para entregarte una circular que debes entregar hoy antes de que acaben las clases, a la pizarra, a ti misma (que te estás haciendo pis desde hace tres horas), al niño insoportable que la profe de al lado te ha mandado por no darle un bofetón y que ahora tamborilea sus dedos sobre la puerta. Etcétera.
El resultado del nivel de atención tan alto que necesitamos en el aula es que en cuanto acaban las clases nos convertimos en amebas y no recordamos dónde hemos dejado esos papeles tan importantes, qué era aquello que teníamos que corregir urgentemente o de qué carajo va la reunión a la que ya llegamos diez minutos tarde.
Este estado amébico (he decidido adjetivarlo, sí) suele mejorar con el paso de las horas, con lo que a las seis de la tarde o así somos otra vez personas más o menos normales. Momento en el cual nos ponemos a corregir, programar, revisar, investigar y a hacer todo tipo de cosas que nunca da tiempo a terminar en una sola tarde.
Así que por eso no me da ningún apuro confesar que esta Semana Santa ha supuesto para mí un barbecho delicioso y que, gracias a eso, me muero de ganas de retomar mañana las clases y achuchar a todos y escucharles y enseñarles y que me enseñen.
Porque a pesar de todo, sigo convencida de que tengo el mejor trabajo del mundo.
martes, 10 de marzo de 2015
Cojones
Cojones es lo que hay que echarle a la vida para criar a un hijo como se merece. Para ponerlo siempre por delante, dedicarte en cuerpo y alma a que sea feliz, a que crezca sano y sabio. Hay que echarle cojones, en los tiempos que corren, para apostar con la vida que tú sí, que vas a sacar tiempo de debajo de las piedras, que vas a sacrificar salidas, juergas, momentos de vaguería por ese nuevo ser que va a llenar toda tu vida, para siempre. Me asombro de los que le echan los padres (los buenos padres) a la educación de sus hijos. Las horas de juegos siempre a su lado, los cuentos, los teatros, los ratos juntos.
Pero tristemente veo mucho más en mi colegio la otra cara de la moneda. Y en este caso lo que dan ganas es de darles una patada en esos cojones que no le echan a la vida, a sus hijos. Cuando vienen borrachos a recogerles (una hora tarde), cuando llevan a los niños con la ropa sucia y rota mientras ellos van peinados de peluquería, cuando les traen a clase sin lápiz pero en casa tienen tres o cuatro consolas, cuando escupen a los profesores que se dejan el pellejo día tras día por sus hijos.
Perdonad el lenguaje, pero hay días en que una se harta. Y aún así, hay que echarle cojones. También nosotros, profes. Porque si no lo hacemos, ¿qué les queda a estos enanos? ¿Qué culpa tienen ellos?
Así que aquí seguimos, más cojonudos que nunca y tirando para delante, que para atrás ya tira la vida demasiadas veces. Seguimos adelante por amor, simplemente, y eso, al final, es lo que de verdad queda.
Pero tristemente veo mucho más en mi colegio la otra cara de la moneda. Y en este caso lo que dan ganas es de darles una patada en esos cojones que no le echan a la vida, a sus hijos. Cuando vienen borrachos a recogerles (una hora tarde), cuando llevan a los niños con la ropa sucia y rota mientras ellos van peinados de peluquería, cuando les traen a clase sin lápiz pero en casa tienen tres o cuatro consolas, cuando escupen a los profesores que se dejan el pellejo día tras día por sus hijos.
Perdonad el lenguaje, pero hay días en que una se harta. Y aún así, hay que echarle cojones. También nosotros, profes. Porque si no lo hacemos, ¿qué les queda a estos enanos? ¿Qué culpa tienen ellos?
Así que aquí seguimos, más cojonudos que nunca y tirando para delante, que para atrás ya tira la vida demasiadas veces. Seguimos adelante por amor, simplemente, y eso, al final, es lo que de verdad queda.
jueves, 11 de septiembre de 2014
Volver
Es el primer año que me pasa, el primer año que vuelvo. El primer año que reconozco las pequeñas caras sonrientes el primer día de curso. Y ellas a mí.
Vuelvo con energías renovadas, con la convicción de que puedo con esto, de que valgo. Me he convencido de ello porque si no, el miedo me paralizaría. El miedo al desbordamiento, al estrés, al (de nuevo) no saber qué hacer.
El caso es que el año pasado (curso pasado es más correcto, pero mis años van de septiembre a junio) estuve paralizada por las experiencias de otros, por las voces de otros, por los "noes" de otros. Hasta que pasados unos seis meses decidí salir de mi letargo, de mi pozo con fondo, y mirarle a mi miedo a la cara. Y ver que era humano. Y descubrir que todos los "noes" podían transformarse en tal vez, en sí claro.
Así que vuelvo, sí, pero no vuelvo. Como en la manida metáfora del hombre que nunca puede bañarse dos veces en el mismo río, tampoco un profe vuelve al cole igual que el curso pasado. Evolucionamos gracias a nuestros alumnos, a nuestro entorno. Y en esa evolución crecemos, nos conocemos, y podemos aportar un poco más de ese conocimiento en el aula, con nuestros nuevos niños.
Nuevos niños que a pesar de lo que digan esas voces del Pleistoceno, esas maestras (por decir algo), esos frenos, sí son diferentes cada año. Y por supuesto necesitan que nosotros también lo seamos, que miremos, que escuchemos, que respondamos... y que crezcamos con ellos.
Este blog es ahora el de una profe un poco menos novata. Perdonad el realismo, la desilusión ocasional, las reflexiones desesperadas. Disfrutad de todo lo demás, que es lo bueno. Este año intentaré mantener esto más al día. Nos lo debo ;)
Vuelvo con energías renovadas, con la convicción de que puedo con esto, de que valgo. Me he convencido de ello porque si no, el miedo me paralizaría. El miedo al desbordamiento, al estrés, al (de nuevo) no saber qué hacer.
El caso es que el año pasado (curso pasado es más correcto, pero mis años van de septiembre a junio) estuve paralizada por las experiencias de otros, por las voces de otros, por los "noes" de otros. Hasta que pasados unos seis meses decidí salir de mi letargo, de mi pozo con fondo, y mirarle a mi miedo a la cara. Y ver que era humano. Y descubrir que todos los "noes" podían transformarse en tal vez, en sí claro.
Así que vuelvo, sí, pero no vuelvo. Como en la manida metáfora del hombre que nunca puede bañarse dos veces en el mismo río, tampoco un profe vuelve al cole igual que el curso pasado. Evolucionamos gracias a nuestros alumnos, a nuestro entorno. Y en esa evolución crecemos, nos conocemos, y podemos aportar un poco más de ese conocimiento en el aula, con nuestros nuevos niños.
Nuevos niños que a pesar de lo que digan esas voces del Pleistoceno, esas maestras (por decir algo), esos frenos, sí son diferentes cada año. Y por supuesto necesitan que nosotros también lo seamos, que miremos, que escuchemos, que respondamos... y que crezcamos con ellos.
Este blog es ahora el de una profe un poco menos novata. Perdonad el realismo, la desilusión ocasional, las reflexiones desesperadas. Disfrutad de todo lo demás, que es lo bueno. Este año intentaré mantener esto más al día. Nos lo debo ;)
martes, 22 de octubre de 2013
Detalles
Este año no estoy escribiendo tanto por aquí porque me está costando. Mucho. Estoy en periodo de adaptación, como ellos, sólo que el mío dura bastante y pica más (digo yo, claro, si les pregunto a ellos, recién llegados de Cuba, de Brasil, me dirán otra cosa...). De un curso para otro digamos que sigo ejerciendo la misma profesión, pero cambian los detalles. He pasado, por ejemplo, de tener 12 niños a 26. De poder planificar mi enseñanza (libertad de cátedra, se llama) a recibir en un horario hasta el momento en el que debo realizar los dictados. De poder confiar en la conserje para pedir fotocopias de última hora a tener que pedirlas con 72 horas de antelación. De tener un equipo directivo compañero a tener un equipo que nos ve como enemigos. Enemigos que piden más material del necesario, que llegan cinco minutos tarde de vez en cuando, que necesitan más fotocopias de las razonables para atender la famosa diversidad....
Así que mi mejor terapia es cerrar la puerta del aula. Porque sí, son 26, pero son niños. Sí, cinco de ellos no leen y uno no entiende el idioma, pero van mejorando. Son muy inquietos, pero les adoro. Adoro su bondad, su ilusión, su fascinación por el mundo que nos rodea (Pero profe, ¿entonces las lágrimas vienen de un río que tenemos dentro de los ojos?), su amor finito en forma de dibujos (Para la profe. Heres muy guapa.), su inocencia.
Gracias a ellos saco fuerzas para llegar cada mañana con una sonrisa, aunque no todas las tardes salga contenta. Son mi energía y mi razón de ser como maestra y nadie va a quitármelo. Y aunque haya pequeños detalles que me cabreen, tengo que aprender a mirar con perspectiva, a creer en mí misma, por muy difícil que me lo pongan. Porque yo, este año, soy su principal esperanza. Y se lo debo.
Así que mi mejor terapia es cerrar la puerta del aula. Porque sí, son 26, pero son niños. Sí, cinco de ellos no leen y uno no entiende el idioma, pero van mejorando. Son muy inquietos, pero les adoro. Adoro su bondad, su ilusión, su fascinación por el mundo que nos rodea (Pero profe, ¿entonces las lágrimas vienen de un río que tenemos dentro de los ojos?), su amor finito en forma de dibujos (Para la profe. Heres muy guapa.), su inocencia.
Gracias a ellos saco fuerzas para llegar cada mañana con una sonrisa, aunque no todas las tardes salga contenta. Son mi energía y mi razón de ser como maestra y nadie va a quitármelo. Y aunque haya pequeños detalles que me cabreen, tengo que aprender a mirar con perspectiva, a creer en mí misma, por muy difícil que me lo pongan. Porque yo, este año, soy su principal esperanza. Y se lo debo.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Problema
[La profe decide, para hacer algo más amena la clase de mates, personalizar los problemas usando los nombres de los alumnos, con la remota esperanza de lograr que 28 chavales atiendan a la vez]
- Chicos, escuchadme atentamente, a ver quién de vosotros me sabe resolver el problema antes: Brian tiene 5 caramelos, le da 3 a Kevin y un poco más tarde, Marco le da 2 de los suyos. ¿Cuántos caramelos tiene Brian al final?
[Se levantan varias manitas y la profe elige una cualquiera]
-Sí, pero profe, ¿a qué Kevin?
Nota al pie: Sí, hay más de un Kevin en mi clase. No, no se me ha escapado ninguna colleja. Aún.
- Chicos, escuchadme atentamente, a ver quién de vosotros me sabe resolver el problema antes: Brian tiene 5 caramelos, le da 3 a Kevin y un poco más tarde, Marco le da 2 de los suyos. ¿Cuántos caramelos tiene Brian al final?
[Se levantan varias manitas y la profe elige una cualquiera]
-Sí, pero profe, ¿a qué Kevin?
Nota al pie: Sí, hay más de un Kevin en mi clase. No, no se me ha escapado ninguna colleja. Aún.
miércoles, 10 de abril de 2013
Get up and try (again and again)
Hay días en los que no te sientes profe, te sientes sólo María. María hasta los cojones, desilusionada, cansada, escéptica, dudosa, apática... Pero entras a clase y ellos siguen ahí igual que siempre y esperan que tú sigas ahí para ellos, que para eso eres la profe. Y el día avanza más lento que de costumbre, la cabeza no está en el aula, está en tu vida, esa que tienes fuera y que generalmente dejas al otro lado de la puerta, o esa que está en otras aulas no tan ideales, desafortunadamente... Y haces ejercicios de relajación con ellos para ver si se te pasa (y porque nunca vienen mal) pero nada... Y como ellos son más sabios que cualquier adulto, aunque tú no digas nada de repente empiezan a lloverte más abrazos que otros días. De pronto a la niña retraída le han entrado ganas de hacerte un dibujo y dice que te lo traerá mañana y al niño que nunca calla se le ha ocurrido una idea para hacerte un regalo pero va a ser sorpresa, así que ahí te quedas.
Vuelves a casa con las pilas cargadas, pero ya se sabe los agujeros negros absorben toda la energía, así que tienes que concentrarte mucho en tu firme creencia de que el mundo es mayoritariamente bueno para no hundirte tú entera junto con tus convicciones y tu ética por el mismo agujero que estos últimos días se ha ido tragando poco a poco tu estima profesional. Hay que seguir, porque el que tú seas tú y tus circunstancias no debe interferir con el deber que tienes hacia tus alumnos. Hay que estar presente. Se lo merecen.
...just because it burns doesn't mean your gonna die, you gotta get up and try...
Vuelves a casa con las pilas cargadas, pero ya se sabe los agujeros negros absorben toda la energía, así que tienes que concentrarte mucho en tu firme creencia de que el mundo es mayoritariamente bueno para no hundirte tú entera junto con tus convicciones y tu ética por el mismo agujero que estos últimos días se ha ido tragando poco a poco tu estima profesional. Hay que seguir, porque el que tú seas tú y tus circunstancias no debe interferir con el deber que tienes hacia tus alumnos. Hay que estar presente. Se lo merecen.
...just because it burns doesn't mean your gonna die, you gotta get up and try...
martes, 19 de marzo de 2013
Pequeños
Mención aparte merecen mis pequeños de Infantil.
Entrar en un aula de la planta de abajo es traspasar el umbral de una dimensión paralela. Según entras, todos los niños se arremolinan a tu alrededor, te enseñan (la pupa, los zapatos, la horquilla), te preguntan (¿vamos a ver una peli? ¿qué llevas ahí? ¿vamos a jugar a lo del otro día?) y te observan (¡qué guapa estás! ¡pareces una princesa! ¡qué camiseta tan bonita!).
Tras el caos inicial, la cosa ya toma su camino habitual y cantamos, hablamos, pintamos, jugamos. Y al despedirnos todos otra vez alrededor: ¿te puedo dar un beso? ¿mañana vuelves otra vez? ¡mira mi abrigo nuevo!, con lo que se cierra el ciclo.
Sales de la clase con una sonrisa de oreja a oreja, claro, y un dolor de cabeza proporcional. Con la sensación de que así debería ser la vida, siempre, y con la certeza de que esto sólo dura unos minutos, que de ninguna manera cambiarías tu puesto por el de una profe de Infantil. Porque son muy ricos, sí, pero de ratito en ratito.
Entrar en un aula de la planta de abajo es traspasar el umbral de una dimensión paralela. Según entras, todos los niños se arremolinan a tu alrededor, te enseñan (la pupa, los zapatos, la horquilla), te preguntan (¿vamos a ver una peli? ¿qué llevas ahí? ¿vamos a jugar a lo del otro día?) y te observan (¡qué guapa estás! ¡pareces una princesa! ¡qué camiseta tan bonita!).
Tras el caos inicial, la cosa ya toma su camino habitual y cantamos, hablamos, pintamos, jugamos. Y al despedirnos todos otra vez alrededor: ¿te puedo dar un beso? ¿mañana vuelves otra vez? ¡mira mi abrigo nuevo!, con lo que se cierra el ciclo.
Sales de la clase con una sonrisa de oreja a oreja, claro, y un dolor de cabeza proporcional. Con la sensación de que así debería ser la vida, siempre, y con la certeza de que esto sólo dura unos minutos, que de ninguna manera cambiarías tu puesto por el de una profe de Infantil. Porque son muy ricos, sí, pero de ratito en ratito.
jueves, 14 de marzo de 2013
Callo
Imagino que a todo se acostumbra una.... A la ropa raída, a la falta de abrigos, a las caras sucias, al dolor de tripa... Pero espero que eso no implique generar un callo alrededor del corazón lo suficientemente duro como para dejar de indignarnos con todo esto. Porque las injusticias son más injustas cuando les afectan a ellos. Porque si no te fijas, no notas nada raro, ellos sólo quieren ser niños.
Pero tú sabes, porque hablas y, sobre todo, escuchas, que su vida hace aguas. Que el dinero no llega, que no hay tiempo ni ganas para juegos, que a ver si este mes tienen luz o finalmente se la cortan como llevan amenazando ya algún tiempo, que menos mal que les han concedido la beca de comedor para que por lo menos tengan una comida caliente al día.
Y no puedes hacer nada, más que quererles y abrazarles y quererles un poco más. Y apretar los puños y esforzarte por no perder la fe en la especie humana que se enriquece ignorando a los necesitados. Y llegar a clase con una sonrisa y transmitirles que el mundo puede ser mejor y que aún hay esperanza. Son ellos.
Pero tú sabes, porque hablas y, sobre todo, escuchas, que su vida hace aguas. Que el dinero no llega, que no hay tiempo ni ganas para juegos, que a ver si este mes tienen luz o finalmente se la cortan como llevan amenazando ya algún tiempo, que menos mal que les han concedido la beca de comedor para que por lo menos tengan una comida caliente al día.
Y no puedes hacer nada, más que quererles y abrazarles y quererles un poco más. Y apretar los puños y esforzarte por no perder la fe en la especie humana que se enriquece ignorando a los necesitados. Y llegar a clase con una sonrisa y transmitirles que el mundo puede ser mejor y que aún hay esperanza. Son ellos.
viernes, 8 de febrero de 2013
Héroes y princesas
Quién sabe por qué he ido dejando de escribir aquí todo lo que me pasa por la cabeza en mi día a día con los niños... De entre todas las respuestas posibles, la que más temo es que he dejado de ser una profe novata, que me he metido en la rutina y ya me considero profe-profe con todas las de la ley. Y eso en cierto modo me entristece porque significa que me he hecho mayor. Y todavía no me toca.
El caso es que hoy, día de Carnaval, he vuelto a mirar a mis niños como antes, les he escuchado.. y me he acordado del blog.
Si alguien se ha dado una vuelta hoy por Madrid, después de la hora de salida de los colegios, habrá observado un importante aumento en el número de princesas y héroes por metro cuadrado. No es nada preocupante, mañana ya todo volverá a la normalidad (es una lástima), pero hoy merece la pena fijarse en esas niñas vestidas con la ropa con la que se imaginan todos los días y en esos niños que realizan hazañas impensables.
Hoy hablaban dos niños de mi clase, después de disfrazarse y antes de bajar al patio:
- ¿Por qué llevas el mismo disfraz que en Halloween?
- Porque...
- Le tienes que decir a tu mamá que te compre dos.
- ....
- Ah, claro, pero los disfraces cuestan dinero que hay que utilizar para otras cosas, ¿no?
- Sí...
Entonces me ha entrado esa rabia que me da cuando veo que los niños sufren innecesariamente. No porque repetir disfraz sea una tragedia, sino porque, efectivamente, en mi colegio hay una parte importante de alumnos que no puede pagárselo. Y de padres que no tienen ni tiempo ni conocimientos ni ganas de hacerles uno casero.
Y ahí están, los niños con su uniforme (que hoy les des-uniforma) destacando sobre una multitud colorida que baila al ritmo de canciones estúpidas y juega a salvar el mundo. Y se quieren mimetizar con la pared y que nadie les vea y que por favor, por favor, acabe esta tortura cuanto antes. Porque es más importante comer, sí, pero ellos no lo saben. Ni tienen por qué saberlo. Y cuando me doy cuenta de todo esto me acuerdo de mi cole del año pasado, de lo distintas que eran las cosas... y me pregunto dónde narices está el equilibrio cósmico que debe mantener todo en orden. Y por qué siempre acaban pagando los niños que ni siquiera un día pueden jugar a ser héroes. Ni princesas.
El caso es que hoy, día de Carnaval, he vuelto a mirar a mis niños como antes, les he escuchado.. y me he acordado del blog.
Si alguien se ha dado una vuelta hoy por Madrid, después de la hora de salida de los colegios, habrá observado un importante aumento en el número de princesas y héroes por metro cuadrado. No es nada preocupante, mañana ya todo volverá a la normalidad (es una lástima), pero hoy merece la pena fijarse en esas niñas vestidas con la ropa con la que se imaginan todos los días y en esos niños que realizan hazañas impensables.
Hoy hablaban dos niños de mi clase, después de disfrazarse y antes de bajar al patio:
- ¿Por qué llevas el mismo disfraz que en Halloween?
- Porque...
- Le tienes que decir a tu mamá que te compre dos.
- ....
- Ah, claro, pero los disfraces cuestan dinero que hay que utilizar para otras cosas, ¿no?
- Sí...
Entonces me ha entrado esa rabia que me da cuando veo que los niños sufren innecesariamente. No porque repetir disfraz sea una tragedia, sino porque, efectivamente, en mi colegio hay una parte importante de alumnos que no puede pagárselo. Y de padres que no tienen ni tiempo ni conocimientos ni ganas de hacerles uno casero.
Y ahí están, los niños con su uniforme (que hoy les des-uniforma) destacando sobre una multitud colorida que baila al ritmo de canciones estúpidas y juega a salvar el mundo. Y se quieren mimetizar con la pared y que nadie les vea y que por favor, por favor, acabe esta tortura cuanto antes. Porque es más importante comer, sí, pero ellos no lo saben. Ni tienen por qué saberlo. Y cuando me doy cuenta de todo esto me acuerdo de mi cole del año pasado, de lo distintas que eran las cosas... y me pregunto dónde narices está el equilibrio cósmico que debe mantener todo en orden. Y por qué siempre acaban pagando los niños que ni siquiera un día pueden jugar a ser héroes. Ni princesas.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Siempre
En estos días lluviosos, la dinámica del cole cambia un poco. El principal cambio es que los niños no pueden salir al patio y andan un poco descolocados (y los profes a juego).
El caso es que ayer por la tarde llovía en condiciones y mientras recogíamos, los niños empezaron a hablar:
- Está lloviendo
- ¿A ver? Hala, sí, ¡cómo llueve!
- Pues yo tengo capucha.
- Pues mi mamá trae paraguas para que no me moje.
- Ya, mi mamá siempre trae paraguas.
- Y la mía.
- Y mi papá.
Y me quedé pensando en lo absolutas que son las cosas cuando somos pequeños y el gusto que da eso.
El caso es que ayer por la tarde llovía en condiciones y mientras recogíamos, los niños empezaron a hablar:
- Está lloviendo
- ¿A ver? Hala, sí, ¡cómo llueve!
- Pues yo tengo capucha.
- Pues mi mamá trae paraguas para que no me moje.
- Ya, mi mamá siempre trae paraguas.
- Y la mía.
- Y mi papá.
Y me quedé pensando en lo absolutas que son las cosas cuando somos pequeños y el gusto que da eso.
lunes, 17 de septiembre de 2012
La madre que los parió
Pues parece ser que me he malacostumbrado. Mi clase se porta tan bien que hoy, cuando me ha tocado impartir Ed. Artística a los niños de 3º casi me da algo.
También son un grupo pequeño, pero está lo mejor de cada casa. Y la madre que los parió se merece un premio por aguantarles, cuidarles y esas cosas que hacen las madres.
Hay veces en que te desbordan. Que, por lo que sea, tú no estás en tu mejor momento ni ellos en el suyo. Que te sale tu lado más serio y formal y ni así, que no hay manera. Y al final de la clase, los jodíos te hacen unos trabajos que ni en tus mejores sueños habrías esperado. Y sales de la clase confundida, claro. Sin saber si eres un desastre o un auténtico genio de la inspiración artística.
Lo más probable es que ni lo uno ni lo otro. Simplemente eres un instrumento que debe canalizar adecuadamente la energía de esos enanos sin morir en el intento (alguien me recomendó alguna vez Reiki y me lo estoy planteando... por supervivencia, más que nada). Quizás así consigas alcanzar alguno de los objetivos que te has propuesto para ellos. O no. Quizás alcances otros más importantes sin darte cuenta...
En Educación nunca se sabe. Por más que planifiques las cosas, es asombrosa la velocidad con que se va todo al garete. Pero ¿no consiste en eso la creatividad, en destruir para construir?
Destruyamos las clases tranquilas, pues. ¡A la mierda los dibujitos con Plastidecor! Vamos a trabajar el Arte con mayúsculas, vosotros y yo por primera vez, juntos. Y a ver qué sale. Que todo nos vale. Que sois puro arte.
También son un grupo pequeño, pero está lo mejor de cada casa. Y la madre que los parió se merece un premio por aguantarles, cuidarles y esas cosas que hacen las madres.
Hay veces en que te desbordan. Que, por lo que sea, tú no estás en tu mejor momento ni ellos en el suyo. Que te sale tu lado más serio y formal y ni así, que no hay manera. Y al final de la clase, los jodíos te hacen unos trabajos que ni en tus mejores sueños habrías esperado. Y sales de la clase confundida, claro. Sin saber si eres un desastre o un auténtico genio de la inspiración artística.
Lo más probable es que ni lo uno ni lo otro. Simplemente eres un instrumento que debe canalizar adecuadamente la energía de esos enanos sin morir en el intento (alguien me recomendó alguna vez Reiki y me lo estoy planteando... por supervivencia, más que nada). Quizás así consigas alcanzar alguno de los objetivos que te has propuesto para ellos. O no. Quizás alcances otros más importantes sin darte cuenta...
En Educación nunca se sabe. Por más que planifiques las cosas, es asombrosa la velocidad con que se va todo al garete. Pero ¿no consiste en eso la creatividad, en destruir para construir?
Destruyamos las clases tranquilas, pues. ¡A la mierda los dibujitos con Plastidecor! Vamos a trabajar el Arte con mayúsculas, vosotros y yo por primera vez, juntos. Y a ver qué sale. Que todo nos vale. Que sois puro arte.
jueves, 6 de septiembre de 2012
Empezar
Claro que sí, que todos los Septiembres empezamos. Nosotros, los niños, los papis... Pero este curso más que nunca.
Empiezo en un cole nuevo, con profes nuevos, con alumnos nuevos... por que no falte, hasta las paredes están recién pintadas. Y empiezo por el principio: por las vocales, por los números de una cifra, por las partes del cuerpo... Empiezo en primero.
Es un reto, para mí, de los más grandes, porque el comienzo determina en cierta forma el desarrollo de la carrera en cualquier deporte, y en la vida pasa lo mismo. Y que de mí dependa el correcto comienzo del desarrollo de las habilidades lecto-escritoras y numéricas de un pequeño grupo de seres minúsculos me impone. Mucho. Sobre todo en estos días sin niños en los que el colegio parece una edificación vacía y sin sentido que nadie sabe qué narices pinta ahí.
Porque cuando te metes en la rutina de un cole se te olvida (o prefieres no pensar) que lo que haces es muy importante, que determinas en gran media la evolución de esas personitas de plastilina que los padres ponen cada mañana en tus manos... Prefieres no pensarlo (o hacer como que no lo piensas) porque si no el vértigo te impediría poner el pie en el aula. Te quedarías mirando desde la puerta, esperando a que ocurriera el milagro y los niños de repente salieran hablando inglés y escribiendo largos textos sin ninguna ayuda. Pero luego respirarías hondo y entrarías en el aula igualmente, porque desde sus mesas o sentados en el suelo o corriendo entre las sillas, habría un grupito de personitas esperándote, creyendo en ti y necesitando que tú creyeras en ellos. Y esa sensación es suficiente para superar el mayor vértigo del mundo.
Empiezo en un cole nuevo, con profes nuevos, con alumnos nuevos... por que no falte, hasta las paredes están recién pintadas. Y empiezo por el principio: por las vocales, por los números de una cifra, por las partes del cuerpo... Empiezo en primero.
Es un reto, para mí, de los más grandes, porque el comienzo determina en cierta forma el desarrollo de la carrera en cualquier deporte, y en la vida pasa lo mismo. Y que de mí dependa el correcto comienzo del desarrollo de las habilidades lecto-escritoras y numéricas de un pequeño grupo de seres minúsculos me impone. Mucho. Sobre todo en estos días sin niños en los que el colegio parece una edificación vacía y sin sentido que nadie sabe qué narices pinta ahí.
Porque cuando te metes en la rutina de un cole se te olvida (o prefieres no pensar) que lo que haces es muy importante, que determinas en gran media la evolución de esas personitas de plastilina que los padres ponen cada mañana en tus manos... Prefieres no pensarlo (o hacer como que no lo piensas) porque si no el vértigo te impediría poner el pie en el aula. Te quedarías mirando desde la puerta, esperando a que ocurriera el milagro y los niños de repente salieran hablando inglés y escribiendo largos textos sin ninguna ayuda. Pero luego respirarías hondo y entrarías en el aula igualmente, porque desde sus mesas o sentados en el suelo o corriendo entre las sillas, habría un grupito de personitas esperándote, creyendo en ti y necesitando que tú creyeras en ellos. Y esa sensación es suficiente para superar el mayor vértigo del mundo.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Leer
Todos los miércoles leemos. Tengo clase de Lengua con los míos a última hora después de Ed. Física, y he llegado a la conclusión de que la mejor manera de aprovechar ese rato es con lectura libre. Los niños han ido trayendo libros para la biblioteca de aula y los van cogiendo y leyendo según les apetece. La primera parte de la hora se nos va generalmente en aclarar quién tiene qué libro, si lo va a devolver o necesita una prórroga etc. Pero los últimos 20 minutos o así de la clase en los que ellos de verdad leen son tan maravillosos que dan ganas de encerrarlos en un frasco pequeñito para poder revivirlos en momentos de crisis profesional.
A los niños les encanta leer. Y verles disfrutando y responder a sus dudas y ver cómo cada vez escriben mejor y entienden más es impagable.
Ha terminado la clase y hoy, día de lluvia, los papás han pasado al aula a recoger a sus niños. A casi todos. Uno de ellos, M, que se queda hasta más tarde en el centro haciendo uso del "horario ampliado" se ha quedado refugiado en el hueco que queda entre su mesa y la pared, con la capucha del abrigo puesta y leyendo. Yo le tendría que haber mandado con los demás niños de la tarde, pero cuando le he llamado una primera vez y no ha contestado, metido como estaba en un mundo aparte, he decidido dejarle ahí, entre el libro y la pared, un ratito más. Y he deseado con todas mis fuerzas que todos los niños de mi clase lleguen a tener un momento así, de despegue, de viaje en el espacio-tiempo del que se vuelve, irremediablemente, con la mirada perdida y una sonrisa en los labios. Porque entonces sí les habré transmitido el verdadero valor de la lectura.
A los niños les encanta leer. Y verles disfrutando y responder a sus dudas y ver cómo cada vez escriben mejor y entienden más es impagable.
Ha terminado la clase y hoy, día de lluvia, los papás han pasado al aula a recoger a sus niños. A casi todos. Uno de ellos, M, que se queda hasta más tarde en el centro haciendo uso del "horario ampliado" se ha quedado refugiado en el hueco que queda entre su mesa y la pared, con la capucha del abrigo puesta y leyendo. Yo le tendría que haber mandado con los demás niños de la tarde, pero cuando le he llamado una primera vez y no ha contestado, metido como estaba en un mundo aparte, he decidido dejarle ahí, entre el libro y la pared, un ratito más. Y he deseado con todas mis fuerzas que todos los niños de mi clase lleguen a tener un momento así, de despegue, de viaje en el espacio-tiempo del que se vuelve, irremediablemente, con la mirada perdida y una sonrisa en los labios. Porque entonces sí les habré transmitido el verdadero valor de la lectura.
sábado, 18 de febrero de 2012
Regalos
Sí, lo que veis en la foto es exactamente lo que parece: un papel minúsculo con una florecilla dibujada a boli, una hoja en la que pone "Te quiero María" con un corazón y una figurita de pseudo-arcilla representando un manojo de plátanos. Todo ello regalos de diferentes niñas sin ningún motivo en especial. Pero los tres tienen algo en común, y es que sus creadoras se han tomado el tiempo (segundos u horas, qué más da) de acordarse de la teacher y hacerle algo demostrándole su cariño. Y ahora que acabamos de pasar San Valentín, con todo ese festival de regalos obligados y sonrisas maquilladas, me pregunto dónde nos hemos dejado la capacidad de hacer regalos espontáneos, porque sí, porque hoy es martes y me he acordado de tí.Vuelvo a tener la sensación de que en las aulas de Primaria es donde se ve el potencial que realmente tenemos como país, y no entiendo dónde se pierde esa creatividad, ese amor y esa ilusión que desprenden la mayoría de los niños por todos los poros de su piel.
Algo estamos haciendo mal si no conseguimos que al terminar Bachillerato, estos niños salgan sabiendo sacar partido de todas sus cualidades innatas. Algo está fallando en la forma de enseñar, en el enfoque puramente teórico que predomina en las aulas, en el estudio orientado a la preparación de exámenes en lugar de al disfrute de la vida.
Y miro a mis niños, ilusionados y sin poder cerrar la boca ante todas las cosas maravillosas que sus profesoras les cuentan sobre Egipto, les veo disfrutar como enanos mientras pintan con los dedos cajas de cartón y mientras recortan gafas de papel para ver la vida de otro color y me dan ganas de decirles que se vayan de la escuela, que sigan aprendiendo solos, como ellos saben, que para qué nos necesitan si, aparentemente, sólo conseguimos hacer de ellos seres insensibles a la belleza (de las palabras, de los cuadros, de la música...), si sólo logramos que aprueben exámenes pero suspendan la vida, si.... No sé, me faltan palabras.
Mucho tendremos que cambiar todos para que nuestros niños, nuestro futuro, salga mejor parado de las aulas que las generaciones que les preceden. Y sigan siendo capaces de hacer regalos. Siempre.
sábado, 4 de febrero de 2012
No sé
Ayer volví al cole.
Más de cien abrazos. Más de doscientas sonrisas. Es impagable ser feliz en tu trabajo.
Mientras estaba de baja pensaba que ese tiempo se me habría hecho mucho más llevadero si hubiera trabajado en algo que no me gustara (léase oficina etc) y, sobre todo, que no tuviera tanto que ver con personas. Porque seis semanas son un mundo en la vida de un niño ( en medio han venido la Navidad, los Reyes, las notas, los días). Y aunque te echen de menos, en realidad lo que les falta es una figura estable, no necesariamente tú. Al volver, vuelve la estabilidad y la tranquilidad, vuelven las rutinas y se añaden algunas nuevas. Porque ya nada es lo mismo, pero eso no es malo. Quiere decir que la vida ha seguido su curso, que somos sustituibles, aunque no del todo.
Ha sido un reencuentro delicioso con tarjetas de bienvenida, bombones, dibujos y pegatinas. Y cuando, al llegar a casa, he necesitado descargar tantas emociones, me he acordado de M, por la mañana, cuando empezó a llorar después de verme y al preguntarle por qué me dijo "No sé".
Más de cien abrazos. Más de doscientas sonrisas. Es impagable ser feliz en tu trabajo.
Mientras estaba de baja pensaba que ese tiempo se me habría hecho mucho más llevadero si hubiera trabajado en algo que no me gustara (léase oficina etc) y, sobre todo, que no tuviera tanto que ver con personas. Porque seis semanas son un mundo en la vida de un niño ( en medio han venido la Navidad, los Reyes, las notas, los días). Y aunque te echen de menos, en realidad lo que les falta es una figura estable, no necesariamente tú. Al volver, vuelve la estabilidad y la tranquilidad, vuelven las rutinas y se añaden algunas nuevas. Porque ya nada es lo mismo, pero eso no es malo. Quiere decir que la vida ha seguido su curso, que somos sustituibles, aunque no del todo.
Ha sido un reencuentro delicioso con tarjetas de bienvenida, bombones, dibujos y pegatinas. Y cuando, al llegar a casa, he necesitado descargar tantas emociones, me he acordado de M, por la mañana, cuando empezó a llorar después de verme y al preguntarle por qué me dijo "No sé".
miércoles, 1 de febrero de 2012
Meada
Sigo de baja, aunque espero que ya no por mucho más tiempo... Y dada mi situación, mi único contacto con mis niños es a través de mis compis que amablemente me van contando que dos niños de mi clase han estado metiéndose con otro, que M ha tenido un comienzo de apendicitis, que V, que ya de por sí es prácticamente espíritu puro se ha quedado aún más delgada porque ha estado malita varios días... En fin, las cosas normales de la vida en un cole.
Estos días mi conexión con el mundo real es bastante reducida y se limita, básicamente, a lo que escucho por la radio y leo en los periódicos y esto me ha dado la oportunidad de reflexionar sobre la imagen que se tiene sobre la educación hoy en día y sobre cómo se la trata desde la esfera política. Y en general es más o menos lo mismo de siempre, que si la educación es lo más importante (¿cuántos de los que lo dicen estarán de verdad convencidos?), que si los profesores de la concertada no hemos pasado un proceso de selección adecuado ni tenemos libertad para impartir las asignaturas como queramos (¿cuántos de los que hablan han pisado alguna vez un aula de un centro concertado?) etc etc. Lugares comunes y generalidades dichas por periodistas que no se sabe por qué se creen autorizados para hablar de cualquier cosa con "conocimiento de causa", desde Ciencia hasta Educación pasando por política económica.
Pero ya lo que me ha tocado definitivamente la fibra sensible es que el nuevo gobierno vaya a hacer ¡oh sorpresa! una nueva reforma educativa. Una reforma que, una vez más, no responde a las necesidades del alumnado ni de los profesores y que se limita a cambiar nombres y conceptos para seguir haciendo más de lo mismo. Una reforma que quiere cambiar una asignatura perfectamente neutra como es Educación para la Ciudadanía por otra exactamente igual. Sólo que esta vez la habrán puesto ellos y ya estarán más tranquilos. Porque en el fondo, los humanos somos como los perros: no nos quedamos tranquilos hasta que no marcamos territorio con una meadita.
Y digo yo, ¿no sería más lógico hacer un pacto de estado y crear un modelo educativo inteligente y estable? Miremos a nuestro alrededor, a sistemas públicos como el alemán que ofrecen alternativas muy interesantes tanto para Primaria como para FP y Secundaria, estudiemos, reflexionemos, y hagamoslo bien. Aunque nos lleve tiempo. Aunque ningún partido pueda colgarse luego la medallita de haber sido el impulsor único de la reforma. Pensemos un poco en nuestro futuro como país. Ya fuimos capaces de hacerlo durante la Transición en condiciones mucho menos favorables. ¿Por qué no ahora?
Estos días mi conexión con el mundo real es bastante reducida y se limita, básicamente, a lo que escucho por la radio y leo en los periódicos y esto me ha dado la oportunidad de reflexionar sobre la imagen que se tiene sobre la educación hoy en día y sobre cómo se la trata desde la esfera política. Y en general es más o menos lo mismo de siempre, que si la educación es lo más importante (¿cuántos de los que lo dicen estarán de verdad convencidos?), que si los profesores de la concertada no hemos pasado un proceso de selección adecuado ni tenemos libertad para impartir las asignaturas como queramos (¿cuántos de los que hablan han pisado alguna vez un aula de un centro concertado?) etc etc. Lugares comunes y generalidades dichas por periodistas que no se sabe por qué se creen autorizados para hablar de cualquier cosa con "conocimiento de causa", desde Ciencia hasta Educación pasando por política económica.
Pero ya lo que me ha tocado definitivamente la fibra sensible es que el nuevo gobierno vaya a hacer ¡oh sorpresa! una nueva reforma educativa. Una reforma que, una vez más, no responde a las necesidades del alumnado ni de los profesores y que se limita a cambiar nombres y conceptos para seguir haciendo más de lo mismo. Una reforma que quiere cambiar una asignatura perfectamente neutra como es Educación para la Ciudadanía por otra exactamente igual. Sólo que esta vez la habrán puesto ellos y ya estarán más tranquilos. Porque en el fondo, los humanos somos como los perros: no nos quedamos tranquilos hasta que no marcamos territorio con una meadita.
Y digo yo, ¿no sería más lógico hacer un pacto de estado y crear un modelo educativo inteligente y estable? Miremos a nuestro alrededor, a sistemas públicos como el alemán que ofrecen alternativas muy interesantes tanto para Primaria como para FP y Secundaria, estudiemos, reflexionemos, y hagamoslo bien. Aunque nos lleve tiempo. Aunque ningún partido pueda colgarse luego la medallita de haber sido el impulsor único de la reforma. Pensemos un poco en nuestro futuro como país. Ya fuimos capaces de hacerlo durante la Transición en condiciones mucho menos favorables. ¿Por qué no ahora?
jueves, 22 de diciembre de 2011
Familia
De baja me hallo. Sin poder mover la pierna derecha, escayolada de arriba a abajo. Y estas dos semanas que me han dicho que voy a estar así se me van a hacer más llevaderas (podéis creerlo o no) porque coinciden con las vacaciones de mis niños. Llevo fatal estar metida en mi casa mientras sé que ellos están en el cole con sus clases, su rutina... Y lo llevo fatal porque les echo de menos cada segundo que estoy despierta. Pienso en qué estarán haciendo, qué problema habrán tenido hoy, quién les habrá consolado...
Tanto tiempo con un grupo de enanos acaban convirtiéndote en madre (o padre) de familia numerosa y como tal tienes tus momentos de desesperación, tus deseos de desaparecer en una gran burbuja insonorizada, tus ganas de que acabe el día y dejen de gastarte el nombre... Pero en el fondo te encanta sentirte necesitada, saber que eres la primera a la que acuden cuando algo les duele, aunque sea una uña, saber que igual que tú les quieres a todos, ellos también te quieren con tus rarezas, tus idas de olla, tus momentos de histeria.
Así que prefiero que se vayan a sus casas y que a la vuelta de las vacaciones me encuentren otra vez en el aula sonriéndoles, regañándoles y escuchándoles. Y que estos cuatro días de cole que hemos pasado separados se olviden pronto. Y que volvamos a tener otra vez nuestra rutina de gran familia.
Tanto tiempo con un grupo de enanos acaban convirtiéndote en madre (o padre) de familia numerosa y como tal tienes tus momentos de desesperación, tus deseos de desaparecer en una gran burbuja insonorizada, tus ganas de que acabe el día y dejen de gastarte el nombre... Pero en el fondo te encanta sentirte necesitada, saber que eres la primera a la que acuden cuando algo les duele, aunque sea una uña, saber que igual que tú les quieres a todos, ellos también te quieren con tus rarezas, tus idas de olla, tus momentos de histeria.
Así que prefiero que se vayan a sus casas y que a la vuelta de las vacaciones me encuentren otra vez en el aula sonriéndoles, regañándoles y escuchándoles. Y que estos cuatro días de cole que hemos pasado separados se olviden pronto. Y que volvamos a tener otra vez nuestra rutina de gran familia.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Libro
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